Hoy
fui a la biblioteca. Para no romper la rutina saqué un libro. La bibliotecaria,
una señora muy dedicada a su oficio, me dio el recibo correspondiente a mi
préstamo y me largué. No me detendré en el libro que ahora poseía no porque
resulte irrelevante sino porque probablemente distraiga la atención sobre el
hecho principal (se trataba de Paradise
lost de Milton). Jamás había reparado en el contenido del anteriormente
nombrado ticket. Adoro andar, es algo que me fascina aunque mi físico sugiera
lo contrario, sin embargo no puedo leer un libro mientras ando. Es una mera
cuestión de tráfico, imagino no ser el único con tal impedimento. Pero no me
privo casi nunca de esas “lecturas en siete pasos”, breves párrafos, poemas o
letras en general listas para ser ojeadas en apenas la distancia en pasos justa
antes de darte cuenta que ese molesto pitido de bus por la calzada es culpa
tuya, imagino no ser el único con tal afición. Pues hoy mi lectura de siete
pasos fue el ticket de la biblioteca y aún le estoy dando vueltas. Lo primero
que puede observarse no son más que números, fechas de recogida y devolución,
pero justo abajo y con letras de mayor tamaño y en maleducada negrita puede
leerse:
COMPRUEBE
Y CONSERVE ESTE TICKET. ES IMPRESCINDIBLE PARA CUALQUIER RECLAMACIÓN
No
pude llevarme mayor sorpresa. Al principio el tono imperativo a la vez que
cortés me resultó chocante pero no fue eso lo más llamativo sino el texto en
sí. Podría pensarse que la reacción lógica sería la de terror intenso por una
sencilla razón. Imaginemos por un momento que a tu libro le faltan 30 páginas
que fueron arrancadas. Obviamente querrías proceder con la reclamación
correspondiente pero, si suponemos el probable caso de que tiraste el ticket ya
no podrías. Digo más, supongamos otros casos no menos probables como que te lo
roben, lo pierdas, lo pintorrees y resulte ilegible, que arda sin motivo
aparente, que te lo arrebate un ave rapaz o felino discreto, que pintes en él
un retrato a lápiz que salve al arte moderno, que te lo compren, o lo más
probable, que durante una noche de memorable pasión con una persona nada tímida
a la que le guste el buen tacto del papel de recibo sobre su piel emplees para su gozo lo
que más a mano tenías que era el ticket puesto sobre el libro en la mesita de
noche. Si cualquiera de estos supuestos se hiciera realidad, no podrías
reclamar. También sería posible que se lo llevara el viento, y entonces tampoco
podrías reclamar. Te leerías 30 páginas menos de un libro o lo devolverías o a
saber… Desde luego es una perspectiva aterradora pero yo no sentí miedo,
sonreí. Comprendí tras largas reflexiones una serie de hechos que me
reconfortaron, a saber. Asumiendo que el ticket está impreso sobre el típico
papel de recibo que no presenta una oposición mayor a su destrucción que la que
presentaría un pájaro a la apertura de su jaula el terror ya expuesto o al
menos un cierto riesgo resulta evidente. ¿Y qué? ¿Acaso no todos necesitamos
ese riesgo, no vivimos de él? ¿Acaso no supone una necesaria dosis amarga
diaria para compensar tanto orden y sentido de las cosas? Yo lo veo claro: me
están haciendo un favor, matizo, un organismo público me está haciendo un
favor. No puede ser casual, el funcionariado nos está haciendo un favor. Resulta
que lo público está ahí para cuidarme, el presidente me cuida, la nobleza me
cuida. ¿Qué harían los ciudadanos sin estas capsulas de emoción diarias para
combatir el aburrimiento? El pueblo no debe aburrirse, no puede hacerlo.
Por
ello debemos estar tranquilos, entretenidos y sobre todo agradecidos. Por estas
muestras de interés en nuestro bienestar. Para que tengamos algo emocionante
que contar a los demás. Aunque al final no sepas que pasó con el maldito recibo
y leas 30 páginas menos de tu libro.

0 comentarios:
Publicar un comentario