Golem

miércoles, 16 de mayo de 2012

Cuando Lucio se dio cuenta de la hora la noche había poseído ya la ciudad. Llegaba tarde, como siempre. Apenas dobló la esquina antes de llegar a la iglesia cuando vio una luz que iluminaba el callejón, podía oírse el taconeo producido al caminar por el suelo ahora empedrado. El “Razil” era el local más concurrido de la ciudad, allí se reunían numerosas personalidades del mundo cultural y científico. No había ninguna razón especial para ello, sencillamente ciertos lugares se ponen de moda y otros no. Era bastante amplio, a pocos pasos de la entrada se situaba la barra desde la que podía observarse todo el lugar. Frente a ella algunas mesas llenaban la estancia y una pequeña escalera ascendía poco más de cinco peldaños para dar lugar a otras tantas.

Lucio había llegado por fin. Al entrar algunos clientes lo saludaron casi con rutina. Todos los que frecuentaban aquello eran hombres o al menos eso trataban de aparentar. No se oía ninguna canción, el silencio apenas era profanado por el leve murmullo de sus habitantes. El aire era el mismo que en el exterior, ni más frío ni más cálido, el mismo. Entre reverencia y reverencia vio a Arthur esperándolo en la mesa habitual. Arthur era rico y, como los ricos, gastaba su fortuna en toda clase de banalidades que estuvieran de moda. Los franceses están siempre a la última, cualquier prenda, artista o bebida que sonara a parisino era perfecto para ser más que chic. Solían reunirse allí los dos solos.
—Disculpe el retraso compañero.  —dijo Lucio asintiendo con la cabeza.
—No se preocupe, llegaba yo escasos minutos antes que usted, tome asiento. Intuyo que la remesa de esta ocasión será más abundante.
—Temo que sus expectativas le hayan llevado a una conclusión errónea. Como puede observar vengo de manos vacías; temo que mis últimos pedidos hayan sido, como poco, extraviados. Pero mis contactos se renuevan —se inclinó hacia su acompañante, cuya decepción era evidente en su rostro, y le dijo en voz baja— un conocido mío se formó recientemente en el siniestro arte de la sastrería. En breve dispondrá usted del mejor y más novedoso catálogo textil.
—¿De firma?
—¡De las mejores firmas!

En ese momento apareció por la puerta una figura encorvada y silenciosa caminando con dificultad hacia la barra. El característico murmullo de las conversaciones cesó por un instante para transformarse entonces en un susurro. Pero aquel visitante, que se había convertido ahora en el centro de furtivas miradas, no permaneció en el Razil mucho tiempo; intercambió unas palabras con el encargado y se marchó. Se organizó entonces un gran revuelo, algunos trataban de obviar lo sucedido mientras que otros se debatían entre la sorpresa y el susto. Arthur estaba extrañado, aunque el aspecto de aquel personaje llamó su atención no comprendía el origen de tanta expectación.
 —Algunos sujetos parecen fabricados para ser el centro de atención. —dijo meneando la cabeza.
—Sin duda puede verse de todo en este mundo; a nada que apartemos la mirada de nuestras narices, claro ¿Acaso no sabe usted nada acerca de nuestro característico visitante?
—Sé que es motivo de muchas habladurías como he podido comprobar ahora.
—Apenas ha visto la punta del iceberg amigo —dijo Lucio sonriendo hasta que de repente pareció ocurrírsele una idea— ¿Qué le parece si en compensación por nuestro fallido intercambio de hoy le relato una historia? No tengo duda de que jamás habrá oído nada igual, sin embargo no me responsabilizo si llegados a cierto punto de la narración se halle usted… horrorizado. No obstante le recomiendo no interrumpirla hasta su desenlace, de esta manera podrá juzgar por sí mismo ¿Acepta mi oferta? Arthur permaneció en silencio unos instantes. Al principio mostró cierta indiferencia mientras Lucio lo miraba fijamente conservando una sonrisa que no inspiraba confianza alguna. Finalmente la curiosidad se apoderó de él.


El padre tenía todo aquello que alguien pudiera desear. En realidad llamarle padre no es lo más adecuado aún —puede que después tampoco— pero me permitiré tomar esa pequeña licencia. No podía quejarse de nada y nunca lo hacía, vivía solo pero no apartado. Pasaba gran parte del tiempo inmerso en sus proyectos y estudios, era un gran entusiasta de la mecánica y la química pero también del arte. Su casa bien podría haber sido convertida en un pequeño museo de variedades; la decoraban varias pequeñas esculturas de piedra talladas por él mismo, estanterías repletas de libros que envolvían prácticamente la totalidad de las paredes y un variado compendio de instrumental de laboratorio. Como decía, a pesar de su disciplinado carácter laborioso el padre era alguien respetado y hasta admirado en varios círculos intelectuales de la ciudad. Podías hablar con él de los más variados temas y no solo le interesaban las clásicas corrientes de pensamiento sino que estaba muy al tanto de las novedades editoriales y los últimos avances científicos. Pocos le conocían en la intimidad, aunque admirado, la figura de este ser y sus extrañas aficiones eran motivo de múltiples misterios y rumores. Tenía no obstante lo que podríamos llamar un amigo íntimo, Oscar, con quien solía reunirse a menudo y cuyo apoyo e influencia fueron determinantes en muchos de sus trabajos más polémicos. Oscar era ingeniero, con lo que había conseguido una gran suma de dinero, lo cual explica que estuviera tan bien relacionado. No se sabe muy bien cómo llegó a hacerse amigo del padre, seguramente por su curiosidad intelectual, existen muchas lagunas sobre este aspecto. 

Pero lo inusual empezó un día cualquiera. Ambos se encontraban aquí, el Razil, Oscar relataba con entusiasmo sus últimos avances financieros y especulaba sobre las nuevas posibilidades de expansión de su área de investigación.
—La cosa no podría ir mejor y como bien sabes me interesan mucho tus trabajos... —pero su acompañante permanecía callado e inmutable cual busto— ¿Me oyes? No pareces muy concentrado hoy.
—Te escucho perfectamente Oscar.
—Entonces habrás intuido el principal motivo por el que insistí tanto en que nos reuniéramos hoy.
—A pesar de mis numerosas negativas.
Cruzaron sus miradas un momento y después el padre se inclinó con desgana hacia el otro lado observando a los clientes que entraban y salían.
—Un asunto de este calibre no podía esperar compañero, me gustaría que te unieras a mi equipo. Contarías con todo tipo de material y ayuda, estoy seguro de que tus conocimientos y tu preparación serían el último empujón necesario para catapultar nuestras investigaciones Sebastián.

Las sospechas de Arthur se vieron confirmadas al oír tal nombre, un escalofrío siniestro recorrió su espalda.  —Efectivamente, el hombre convertido en sombra que nos visitó antes no era otro que Oscar— aclaró Lucio y seguidamente continuó el relato:

Pero Sebastian seguía sin mostrar ningún tipo de entusiasmo por la propuesta de su amigo. Observaba con curiosidad y repulsión a los demás mientras se hundía cada vez más en sus pensamientos. De repente alguien extraño entró por la puerta; unas curvas más pronunciadas y una melena negra y larga daban la primera impresión de que se trataba de una figura femenina. A Oscar le pareció una banalidad pero Sebastián se mostró maravillado y lleno de admiración. Entonces se levantó, miró a su amigo y dijo —acepto tu propuesta— y marchó a toda prisa. Al principio Oscar estaba desorientado por la velocidad y la inverosimilitud con la que los acontecimientos se desarrollaban pero pasados unos minutos estaba satisfecho y entusiasmado. Miró a su alrededor, el Razil estaba ya casi vacío, la figura femenina se había marchado.

Pasaron varias semanas desde su último encuentro, el trabajo había comenzado pero Sebastian no dio señal alguna de existencia. Extrañado, Oscar decidió visitarlo para asegurar su bienestar. Desde fuera de la casa no se oía nada y como era de día tampoco  podía ver si alguna luz estaba encendida, llamó varias veces a la puerta sin éxito. Se sucedieron varias visitas similares, todas por la mañana o a media tarde hasta que un día decidió ir por la noche. El mejor momento sería poco antes de la media noche, hora en que suelen recogerse los seres decentes como él. El éxito no fue inmediato, minutos después de su llegada la puerta se abrió levemente dejando ver a Sebastian que presentaba un aspecto tétrico. Su expresión antes solemne y llena de confianza se había tornado sombría e inquietante, su ropa estaba sucia y muy deteriorada y hablaba con extremo nerviosismo. Pese a su insistencia no permitió entrar a su amigo con la excusa de tener mucho trabajo. Oscar le recordó el mutuo acuerdo al que habían llegado e insistió en que debían volver a verse más a menudo. Se despidieron, Oscar volvió a casa sobresaltado con la promesa de tener noticias suyas lo antes posible. No tardó en cumplir su palabra; una mañana el asombro de Oscar alcanzó un nuevo nivel cuando uno de sus empleados le informó de que Sebastian había pasado por allí para recoger materiales y dar instrucciones personalmente. Dichas directrices establecían que todo el trabajo a realizar por su parte sería llevado a cabo en su casa y que para agilizar el proceso debían serle enviados todos los utensilios necesarios allí cuando fueran necesarios en lugar de tener que volver a desplazarse hasta las instalaciones. Al parecer cuando uno de los trabajadores quiso informarle acerca de las investigaciones pendientes en las que eran requeridas sus dotes Sebastian, con terrible enfado y ansiedad gritó: “Ningún experimento de segundo nivel me hará perder el tiempo, cuando acabe mi proyecto la visión que tiene el mundo de si mismo cambiará para siempre.” Y se marchó a toda prisa.

Esta vez las semanas se convirtieron en meses y los días meramente llegaban a formar un grano de arena en la inmensa playa de nuestras vidas. Por los círculos habituales corrían todo tipo de rumores sobre Sebastian, la mayoría lo daban por muerto. Un empleado del laboratorio informó a Oscar de que la petición para un nuevo envío de materiales a casa de Sebastian se estaba retrasando más del doble de lo normal. Cabreado y sin miramientos el empresario se decidió a esclarecer todo el asunto de una vez por todas. El paisaje que rodeaba la casa de Sebastian era bien distinto ahora, todas las ventanas estaban oscurecidas y de seguro que la fachada no se limpiaba desde hacía mucho tiempo. Golpeó  la puerta por pura cortesía pero no recibió ninguna respuesta, como de costumbre estaba abierta de modo que entró. Por dentro el panorama no mejoraba con respecto al exterior. Los tabiques plagados de libros se habían convertido en soporte para miles de notas y esbozos. Oscar registró la primera sala y llamó a su amigo varias veces en voz alta mientras se adentraba a través de los pasillos lentamente. Cuando se desvió a la izquierda pudo ver la cocina transformada en laboratorio y en ella junto a una puerta a Sebastian sentado sobre un pequeño taburete con todo el cuerpo desmoronado hacia delante, lo que le colocaba la cabeza sobre su rodilla izquierda. Corrió a revisar su estado temiendo una desconexión o algo peor.
—Sebastian, eh, vamos amigo… —aunque muy débil, reaccionó y miró a Oscar— te llevaré hasta un asiento más cómodo, vamos.
Una pequeña lámpara iluminaba a duras penas la estancia, Sebastian miraba al infinito.
—¿Crees que es posible dotar de alma a un ser vivo?

Se oyó el breve rozar de dos vidrios desde la cocina, Oscar se apresuraba a comprobarlo cuando vio algo más inesperado aún; de repente estaba clavado allí cruzando la mirada con un niño. En su mano sostenía un vaso. “Tengo que reconocer que esto no lo esperaba Sebastian” sonrió Oscar al tiempo que se acercaba lentamente al pequeño ser, pero este, asustado, perdió el vaso. Mientras retrocedía intimidado por la creciente risa del visitante se clavó un trozo de cristal en el pie lo que le hizo precipitarse definitivamente hacia la puerta cerrándola tras de sí. “Es un poco torpe” decía Oscar justo cuando sus botas pisaron los restos de vidrio que descansaban sobre un charco de agua rojiza. Se detuvo y examinó con curiosidad el líquido, ya no se reía: “¡Sangre…! ¡Sangre!”

Sebastian permanecía sentado, impasible, ya había espabilado pero seguía estando bastante débil.
—Se llama Alex.
—¿Qué has hecho?
—Centrándonos en los hechos debo decir que no fui realmente yo quien lo fabricó, mi aportación tuvo que ver más bien con la técnica.
—Hace décadas que los orgánicos dejaron de existir Sebastian. Dime que no había uno mirándome a los ojos hace un instante.
—Las posibilidades son infinitas Oscar, ante nosotros se ha abierto un nuevo horizonte sobre el que verter toda ilusión, conocimiento, frustración… ¿No te parece tan abrumador como emocionante?
—Desvarías, lo que dices va en contra de todo el racionamiento lógico que rige nuestra sociedad. Hablas como si te impulsaran sentimientos en tus actos, pero eso es imposible.
—¿Y qué hemos hecho todo este tiempo sino tratar de cultivar dentro de nosotros el ideal de un espíritu ascético?
—¡Cuánto atrevimiento! Que atroces palabras las tuyas ¡Espíritu! No se me ocurre nada más grotesco. Esto jamás debe salir de aquí, espero que nadie más lo sepa, aunque quien podría guardar un secreto así… —se sentó sobre el brazo del sofá contiguo al que estaba Sebastian, un silencio frío se apoderó de la casa. Cuando algo aterrador ocurre los minutos duran años.
—Debes acabar con él Oscar. Yo tardaré demasiado en ser reparado, no puedo soportar más su existencia. Lo odio tanto…
—Te libraré de esa carga amigo —se levantó, lo miraba fijamente—. El problema de todo magnífico creador es que tarde o temprano su obra le devora. Pero yo sabré sacar el mayor beneficio de tus actos. Quizás no debiste ser un científico tan egocéntrico.
—Me gustaba pensar que era más bien un poeta.
—En cualquier caso esta fue tu última obra —agarrándolo de la cabeza le retorció el estómago hasta dar con el último hilo vital de Sebastian. 

Desconozco cuanto tiempo permaneció allí mirando su cuerpo, ni si quiera se encontró cuerpo alguno posteriormente. Cuentan que cuando bajó al sótano halló tal horror que tuvo que ocultarlo todo. Aunque nuestro protagonista no puede ser confundido con ningún mártir por supuesto. Sin embargo ocurrió algo más. En aquel terrible escenario encontró un libro, nada asombroso en concepto pero de contenido desconcertante. De entre todos los garabatos sin sentido solo pudo supuestamente rescatar este relato. Se trataba efectivamente de un diario.


Mi sorpresa ha sido mayúscula cuando en un brevísimo artículo de apenas media columna en la página quince de “Old republics” se menciona como tras años de ardua investigación dos científicos habían conseguido una respuesta nerviosa, breve, pero positiva, en una especie de molusco “cultivado” por ellos mismos. He de reconocer que tanto el contenido del artículo como su poca resonancia dentro de la revista me han resultado escandalosos. Una nueva realidad de la cual apenas poseo conocimiento me inquieta.
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La cuestión neuronal está suponiendo un obstáculo pero creo que pronto podré resolver el problema con el arco reflejo. Espero tener los primeros resultados en apenas un mes o dos más. Me apasionan los últimos descubrimientos que he realizado y preveo que los experimentos resultarán igual de excitantes.
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¡Al fin he logrado resolver el rompecabezas! La simulación de la médula apenas fue un breve impedimento para seguir avanzando. Los nervios periféricos no han presentando misterio alguno así como el bulbo y cerebelo; el entramado de neuronas con sus correspondientes conexiones está resuelto. Frío, caliente, viento, caricia… dejaron al fin de ser conceptos abstractos. Desde luego el sistema nervioso será el descubrimiento más maravilloso de nuestra historia.
Esta noche he quedado con Oscar, hace casi un año desde que logré los primeros resultados y apenas he contactado con otros seres desde entonces.
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No estoy seguro de quien es ella. Anoche me asaltó cuando salía del Razil, no me extrañó en absoluto su curiosidad. Sentí confianza, le hablé de mis experimentos y la traje aquí para mostrarle parte de mi obra. Reconozco que estoy desorientado, todo este nuevo mundo de sensaciones ha creado una enorme inseguridad en mí mismo.
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Ahora veo claro como hemos podido llegar a este punto. Ella tuvo una idea, un propósito, tal vez una abominación. Al principio no supe como encajarlo, no respondía a ningún orden lógico por el que yo me hubiera regido nunca, pero hace tiempo que florecieron sensaciones dentro de mí que desterraron cualquier lógica. Por alguna extraña razón ella parece sentir lo mismo, cosa que cada vez me inquieta menos. Resolver una complejísima trama de redes neuronales pareció imposible hasta que comprendí que dentro de la lógica nada es infinito. Pero esto es diferente, me asaltan escalofríos cuando pienso en ello y es lo único que tengo en la cabeza. Me aterra lo fácil que ha sido desentrañar este nuevo sistema. Los resultados, a pesar de todos los cálculos posibles, serán con toda seguridad impredecibles. Hemos entrado en el terreno de la creación, aquí todo es infinito, ojalá estemos preparados.
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El embrión ha sido alumbrado con éxito pero ella está muy débil. Probablemente no le queden más de unas horas; me es imposible detener la hemorragia. He notado algo extraño en el desarrollo del pequeño.
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Con apenas dos meses de vida el humano ya tiene el aspecto de un niño de aproximadamente seis u ocho años.  Sin duda sigue siendo el mejor de todos pero aun podría mejorarse. Los resultados psicológicos son asombrosos; como era de esperar responde positivamente a las muestras de afecto y cariño, pero incluso después de ser sometido a cualquier tipo de tortura aún percibo en él atisbos de esperanza y bondad. En cambio, el miedo es claramente anterior a la rabia o el desprecio y siempre es superior.
Las aplicaciones de todo lo descubierto en este tiempo se escapan en número a mis cálculos.

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Realmente he llegado a odiarlo. Hace semanas que no bajo a verle, ha aprendido a abastecerse por sí mismo. Me aterra cada vez que le oigo, aunque los gritos más desgarradores vienen de mí mismo.

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