Desde dentro

lunes, 24 de octubre de 2016

 No es el mejor momento para que se funda esa bombilla ¿Tenía que ser por la noche? Llevo unas dos horas rebuscando entre las malditas cajas de suministros y nada. Quizás he exagerado, tal vez solo lleve una. Mejor seguir entonces. Empaquetar y clasificarlo todo me pareció una gran idea, aunque fuera mi propia casa. Puede que tuviéramos que huir a toda prisa si venían, así que era mejor tenerlo todo recogido. Pero ahora no era capaz de encontrar ni una bombilla entre tantas herramientas. ¿Acaso íbamos a llevarnos todo eso en caso de huida urgente? Debí guardarlas junto a los fusibles de repuesto en la habitación de…
Fue hace una semana, creo. Estaba aquí mismo, en la cocina, cuando lo oí. Un golpe seco y algo rodando. Me di cuenta de inmediato de que el ruido vino del oeste, el estudio. Corrí tan aprisa como pude, subí las escaleras saltando varios peldaños y cerré la puerta con llave. Era una pequeña habitación inhabitada. La utilizábamos como estudio para trabajar, leer y poco más. Se veían unas puestas de sol preciosas desde la ventana. Después de aquello guardamos ahí casi todas las herramientas y recambios de la casa. Ya estaban perdidos, se habían apoderado de la habitación. David subía las escaleras
—¿Qué ha pasado, papá? —preguntó. Yo estaba inmóvil en el pasillo, de espaldas al viejo estudio.
—Se han quedado con esa habitación —le dije.
—¿Para qué la quieren?
—Olvídalo —Le alcancé antes de que llegara al último escalón—. Cenemos y a dormir.
Es posible que también guardara alguna bombilla en el desván. Llevaría una linterna por si acaso. El desván era amplio, tenía una sola ventana pequeña que estaba muy alta. Yo no era precisamente bajito, pero aun así necesitaba una escalera para poder asomarme por ella. Raquel siempre decía que esa ventana daría problemas, que no estaba bien situada. Quién le iba a decir que sería de esta forma como me daría cuenta de la razón que llevaba. Descolgué la escalera y subí. David me esperaba abajo. Estaba oscuro. Registré varias cajas sin suerte. Me intrigaba la ventana. Tal vez debía tapiarla. Nunca escuché romperse una ventana de la casa, ni cuando habían tomado alguna parte. Puede que me arrastraran si me asomaba por ella, mejor no correr ese riesgo. Podían estar acechando la casa. «Nadie está a salvo». Escuché esa frase en televisión mucho antes de que esto empezara, o puede que algo después, no estoy seguro. No podía ser verdad, exageraban. «¿Y las bombillas, papá?», David se impacientaba. Apilé las cajas como pude aprovechando la altura del desván y bajé cerrando de un portazo la trampilla.
—Me temo que no hay más, hijo.
—Vaya.
—Tendremos que usar linternas y velas en el baño a partir de ahora, ¿no te dará miedo, verdad? —Le di la mano y bajamos a la cocina.
—No, pero menudo fastidio.
—Lo sé, nos apañaremos, ya verás. Eres un buen chico y muy valiente.
«Nadie está a salvo». Puede que sea verdad. Muchos se refugiaron en la oración cuando todo esto empezó. Algunos encuentran un alivio en la creencia de que todo pasa por una razón. Es su manera de afrontar las cosas. Yo en cambio me volvería loco si pensara en el destino. Soy una buena persona, quizá sea Dios el loco y estemos encerrados con él en su manicomio. Error nuestro. En cualquier caso, debo sobrevivir para proteger a mi hijo.
Aquella noche estaba medio dormido cuando los escuché. Un ruido atronador, en el desván. Salté de la cama en dirección al pasillo, David abrió la puerta de su habitación. Lo agarré y corrimos hacia la cocina. Ahora el desván les pertenecía. Entraba algo de luz por la ventana, amanecía.
—Echo de menos mi bici —dijo David mirando hacia fuera—. ¿No podemos salir aún?
—Lo siento, David, no creo que sea seguro.
—Hace mucho tiempo que no se escucha al hombre del megáfono.
—¿Tú crees? No lo sé —Aparté sus ojos de la ventana y me agaché—. Debemos aguantar el tiempo que haga falta.

Eran de esos furgones militares con altavoces. Se oía la misma grabación una y otra vez. Recorrían los barrios pidiendo que fuéramos con ellos a esos malditos centros, con esas cosas. No registraban todas las casas, la nuestra, por alguna razón, pasó desapercibida. Decían que no teníamos nada que temer, que garantizaban nuestra seguridad y que la mayoría volveríamos a casa. Militares, personas…, nuestra propia raza contra nosotros. El exterior no era seguro, la gente no lo era. Da igual que estés dentro o fuera, solo o acompañado. Sea como fuere, al final, nadie está a salvo.