Fue hace una semana, creo. Estaba aquí mismo, en la cocina,
cuando lo oí. Un golpe seco y algo rodando. Me di cuenta de inmediato de que el
ruido vino del oeste, el estudio. Corrí tan aprisa como pude, subí las
escaleras saltando varios peldaños y cerré la puerta con llave. Era una pequeña
habitación inhabitada. La utilizábamos como estudio para trabajar, leer y poco
más. Se veían unas puestas de sol preciosas desde la ventana. Después de
aquello guardamos ahí casi todas las herramientas y recambios de la casa. Ya
estaban perdidos, se habían apoderado de la habitación. David subía las
escaleras
—¿Qué ha pasado, papá? —preguntó. Yo estaba inmóvil en el
pasillo, de espaldas al viejo estudio.
—Se han quedado con esa habitación —le dije.
—¿Para qué la quieren?
—Olvídalo —Le alcancé antes de que llegara al último escalón—.
Cenemos y a dormir.
Es posible que también guardara alguna bombilla en el desván.
Llevaría una linterna por si acaso. El desván era amplio, tenía una sola
ventana pequeña que estaba muy alta. Yo no era precisamente bajito, pero aun
así necesitaba una escalera para poder asomarme por ella. Raquel siempre decía
que esa ventana daría problemas, que no estaba bien situada. Quién le iba a
decir que sería de esta forma como me daría cuenta de la razón que llevaba.
Descolgué la escalera y subí. David me esperaba abajo. Estaba oscuro. Registré
varias cajas sin suerte. Me intrigaba la ventana. Tal vez debía tapiarla. Nunca
escuché romperse una ventana de la casa, ni cuando habían tomado alguna parte.
Puede que me arrastraran si me asomaba por ella, mejor no correr ese riesgo.
Podían estar acechando la casa. «Nadie está a salvo». Escuché esa frase en televisión mucho
antes de que esto empezara, o puede que algo después, no estoy seguro. No podía
ser verdad, exageraban. «¿Y las bombillas, papá?», David se impacientaba. Apilé
las cajas como pude aprovechando la altura del desván y bajé cerrando de un
portazo la trampilla.
—Me temo que no hay más, hijo.
—Vaya.
—Tendremos que usar linternas y velas en el baño a partir de
ahora, ¿no te dará miedo, verdad? —Le di la mano y bajamos a la cocina.
—No, pero menudo fastidio.
—Lo sé, nos apañaremos, ya verás. Eres un buen chico y muy
valiente.
«Nadie está a salvo». Puede que sea verdad. Muchos se refugiaron en
la oración cuando todo esto empezó. Algunos encuentran un alivio en la creencia
de que todo pasa por una razón. Es su manera de afrontar las cosas. Yo en
cambio me volvería loco si pensara en el destino. Soy una buena persona, quizá
sea Dios el loco y estemos encerrados con él en su manicomio. Error nuestro. En
cualquier caso, debo sobrevivir para proteger a mi hijo.
Aquella noche estaba medio dormido cuando los escuché. Un
ruido atronador, en el desván. Salté de la cama en dirección al pasillo, David
abrió la puerta de su habitación. Lo agarré y corrimos hacia la cocina. Ahora
el desván les pertenecía. Entraba algo de luz por la ventana, amanecía.
—Echo de menos mi bici —dijo David mirando hacia fuera—. ¿No
podemos salir aún?
—Lo siento, David, no creo que sea seguro.
—Hace mucho tiempo que no se escucha al hombre del megáfono.
—¿Tú crees? No lo sé —Aparté sus ojos de la ventana y me
agaché—. Debemos aguantar el tiempo que haga falta.
Eran de esos furgones militares con altavoces. Se oía la
misma grabación una y otra vez. Recorrían los barrios pidiendo que fuéramos con
ellos a esos malditos centros, con esas cosas. No registraban todas las casas,
la nuestra, por alguna razón, pasó desapercibida. Decían que no teníamos nada
que temer, que garantizaban nuestra seguridad y que la mayoría volveríamos a
casa. Militares, personas…, nuestra propia raza contra nosotros. El exterior no
era seguro, la gente no lo era. Da igual que estés dentro o fuera, solo o
acompañado. Sea como fuere, al final, nadie está a salvo.
