El cuadro colgaba de la pared del salón presidiendo la estancia. En realidad no tenía nada de majestuoso, y por otra parte, la casa del pintor era más bien pordiosera. Era el típico lugar donde la intimidad se convertía en ejercicio. Pero el pintor no buscaba nada más. Su taller por el contrario estaba siempre más ordenado de lo que cabía esperar; y las paredes en él cambiaban de color conforme la técnica que anduviera experimentando. Había pintado mucho: retratos, paisajes, animales… Pero nunca logró colorear un pensamiento.
La galería esperaba ansiosa sus obras. Todas habían sido vendidas. Envueltos en un discreto forraje de papel dentro de un baúl, los cuadros aguardaban ser vistos por el público. “Espero que ellos lo entiendan y aprecien mejor que yo”, pensó el pintor. Sus esperanzas de juventud yacían junto a las lecciones y desilusiones de la experiencia. No tenía sentido. Su vida se iba a ver reducida a varios corredores. Quizá solo al final pueda estar seguro de si las decisiones que ha tomado eran correctas. Todo estaba envuelto pero por alguna razón aquel cuadro se mantuvo estático. Podía verlo desde su habitación. El cielo se cubría tornándose de un gris cada vez más oscuro hasta confundirse con el turbulento mar. Y frente a este violento paraje una pequeña figura enfrentaba sus delirios contra la caída de la razón.
Se levantó para observar el cuadro de cerca. No existía nada más, el mundo entero se contuvo entre sus ojos y aquella imagen. El tiempo era distinto. Entonces sintió que caía por el precipicio hacía el mar. De repente se encontraba en una pequeña embarcación observando el gris. Las olas le mojaban en mitad de aquel zarandeo incesante. Pero cerró los ojos y solo oía paz. Pensó que todo debería ocurrir igual que en los cuadros; pintar la vida, trazando cada línea con la misma libertad que un pigmento resbala sobre lienzo. Y en mitad de la tormenta dijo: “Adiós viejo mundo, espero que no te sientas solo ahora que me he ido; ni me guardes rencor si no vuelvo”.
Las paredes de la galería brillaban bajo sus focos. En ella habitaban miles de imágenes. Hipnotizados por tal deslumbramiento, las personas recorrían los pasillos con impaciencia. Algunos, incluso se detenían a observar un cuadro. En uno podía verse un paisaje tormentoso, casi de pesadilla, y una pequeña y desafiante figura. Bajo él, una placa en la que podía leerse: “Anónimo”.
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