El Jardín de Borges

viernes, 20 de enero de 2012
Prólogo

He de confesar que en las letras de Borges encontré no solo una belleza innata sino uno de los dolores de cabeza más agravantes que la reflexión acerca de un texto puede proporcionar. El compendio imaginativo del escritor argentino está formado por un inimaginable número de elementos. Tal es así que ni el mismo autor es capaz de condensar todo aquello que perturba su razón sin recurrir constantemente a la creación de un espacio nuevo. Borges no inventa las imágenes y metáforas con las que trabaja, pero desde luego se apropia de ellas y las traslada a una dimensión totalmente suya, y para colmo consigue que le creamos, que lo tomemos como guía y confiemos en él. ¿Cómo diseccionar entonces su obra sin traicionarle?

Decía el famoso vanguardista chileno Vicente Huidobro el adjetivo, cuando no da vida, mata. Desde luego las palabras de Borges no requieren de adjetivos resucitadores y ni mucho menos pretendo ser un asesino. El texto que sigue será por tanto un recorrido por ese espacio borgiano único con la buena intención de no desmerecer al argentino. No osaré sin embargo subestimarle, y si bien su obra se enmarca en un lugar donde esta no lo hará, sin duda resultará todo un ejercicio. El tema (para quien le interese esa palabra) no es otro que el del espíritu creador tal como lo trata en La flor de Coleridge; por lo que estimo que será de gran ayuda su lectura, no tanto así su comprensión.





El Jardín de Borges


La máquina se detuvo. Probablemente la máquina fuera construida por Wells en 1887 o tal vez por Henry James; en realidad poco importa esto. De aquella obra de ingeniería e imaginación bajó Borges y colocó en el suelo, justo a la entrada de su jardín, una semilla. No es que tal objeto sea primordial en este momento de nuestra narración pero considero oportuno relatar este hecho por la simple razón de que así es como sucedió primero, o mejor dicho, así es como se presentó a priori. Borges no hizo nada nuevo, de hecho todo el jardín estaba plagado de flores. Él mismo citaba a Paul Valéry reflexionando sobre este hecho, pero no solo al francés; resulta que otros escritores y pensadores de épocas y entornos distintos compartían el mismo espíritu (también cita a Shelley). Como si el jardín no estuviera formado de flores sino que una misma flor en sí misma formara todo el jardín. Cabía pensar que todos los poemas del mundo y de la historia nacieran del mismo Espíritu. Siendo así, la distinción entre un autor u otro, digo más, entre una flor y otra, resultaría como poco absurda.

De repente se vio otra vez dentro de la máquina. El futuro guardaba misterios aún por resolver. Quizás el libro de Wells ya haya iluminado aquel patíbulo lo suficiente pero a Borges le interesaba observar la evolución de aquella idea, de la idea. ¿Y si el orden causa – efecto se viera alterado? ¿Si el orden literario no estuviera concebido como lo estudiamos? ¿Y si sencillamente no existiese tal orden? Borges encontró entonces una flor marchita, heredera de una tradición que en el futuro de donde provenía careció de todo sentido. Cuando volvió al jardín vio un gran árbol en la entrada, dejó la flor marchita y lo observó detenidamente. Arrancó una flor de una de sus ramas y grabó en la corteza del tronco su nombre. Borges solo busca un nexo que le una a la realidad dentro de este sueño. Para Coleridge este nexo fue una flor, para Wells también, y a James en cambio le sirvió un retrato.

Para cuando viajó al pasado ya estaba firmemente convencido de que, independientemente de su conocimiento o no de la obra de estos autores, lo más probable es que participara de su misma tradición; y entonces plantó la semilla que trajo del futuro árbol que a su vez crecería de esa semilla. El círculo se completó y pudo entonces abrir los ojos. Parecía que el laberíntico sueño de la literatura había acabado; hasta que encontró en su mano una flor.

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