Había una fila infinita de personas. Jamás me imaginé que podría tener esta repercusión, aunque supongo que en el fondo podía imaginármelo. Llevábamos horas conduciendo y aún no veíamos el final de la cola.
-¿Qué te pasa? ¿Vas a estar todo el camino callado?
-¿Alguna vez has pensado en el por qué de todo esto?
-Ya empezamos…
-Mira toda esa gente, la mayoría engañados.
Peregrinos, creyentes, ilusos, prisioneros. Es triste ver como se aferra el ser humano a cualquier promesa de libertad, de salvación. Estábamos llegando al primer campamento. Se llamaban “CC”, campamentos de clasificación. Nos encontrábamos en el CC-08, un campamento de los pequeños. El camino, rodeado de árboles hasta donde alcanzábamos a ver, era ahora estrecho y dificultoso. El cuello de botella perfecto. Obviamente había más presencia militar que de costumbre. Bajamos del vehículo mientras lo inspeccionaban. El mar de personas a nuestra espalda se agolpaba en la alambrada tratando cruzar el campamento. Por esta zona la mayoría eran creyentes de una nueva religión. Como si algún nuevo mesías hubiera bajado de los cielos.
-El único Dios creador del universo y todas las cosas que en él habitan. Misericordioso para con nosotros sus hijos. Él traerá paz a nuestros corazones y salvará nuestras almas de este infierno.
-¡Amén! –gritaron todos los reunidos a su alrededor.
Sé que está mal pero no puedo evitar pensar en la ironía de todo esto. No era precisamente el cielo lo que les aguardaba al final de esta cola.
-¡Roberto! Creo que deberías venir un momento.
Mi acompañante estaba clavado en el suelo junto a alguien. Al aproximarme observé que era una mujer de avanzada edad. Por su aspecto parecía desnutrida y agotada. Estaba sola, con la mirada perdida. Me incliné para hablar con ella.
-Señora, ¿se encuentra bien? –durante unos segundos no recibí respuesta alguna, entonces me miró fijamente. Nunca se me pudo clavar tanto una mirada como en ese instante- vamos a ayudarla, señora.
-Mi esposo… hace días que se lo llevaron.
-¿A qué se dedica su esposo?
-Él era ingeniero, se lo llevaron. Dijeron que yo aun no era apta ¡Tiene que traerle por favor!
-Haremos todo lo posible señora, venga con nosotros –mis sospechas se confirmaron. Probablemente su marido no volvería nunca.
-¡No! Yo no puedo ir. Pero usted puede traerle ¿verdad? Sé quién es usted. Por favor…
-Le prometo que haré todo lo posible.
Uno de los encargados del campamento nos avisó de que la carga de nuestro furgón ya estaba lista. Debíamos seguir. Monté en mi asiento y miré hacia delante, la verja se abría a nuestro paso. Uno de los militares a cargo del campamento nos advirtió que de aquí al final del camino estaba prohibida cualquier tipo de parada. “Espero que hayan ido al servicio, adiós”. Mientras salíamos de allí no pude apartar la mirada de nuestro destino, nunca miré hacia atrás. Era consciente de las esperanzas que aquella señora había puesto en mí, pero nunca pude torcer la mirada, jamás.
Ese tramo de camino era tan inusual como los demás. No había grupos de más de 4 o 5 personas. El silencio era desconcertante. Había gente corriendo pero no hacía atrás sino en la misma dirección que nosotros, hacia el final. Los remordimientos se extendían dentro de mí como un cáncer. Yo había sido el cerebro de todo esto. La mayoría de estas personas estaban condenadas por mi culpa.
-Cómo he podido hacer esto…
-Un poco tarde para arrepentirse ¿no? –Notaba desprecio en aquellas palabras- Tú eras el tío listo de toda aquella operación. Y además uno de los primeros en hablar directamente con esa cosa. Pero no se te ocurrió otra solución, solo esta mierda. Supongo que te pudo la curiosidad ¿eh? Se supone que todo esto es por el bien de la ciencia, pero ¿Cuál? ¿La nuestra, la humana?
-¿Tú me estás dando lecciones de moralidad? Por favor…
De repente el ruido de un gran estruendo proveniente de delante nos llegó. Una pequeña columna de humo empezaba a alzarse sobre el horizonte. La gente que caminaba a nuestro alrededor se detuvo pero nosotros seguimos avanzando con cautela. A los pocos minutos pudimos observar como un coche ardía y varios civiles armados recorrían la zona. Nos detuvimos tarde, ya nos habían visto. Nos hicieron bajar del furgón.
-Sólo conseguiréis una matanza sin sentido con esto… -dijo Fran, mi compañero, mientras le ataban pies y manos.
-Yo os enseñaré lo que no tiene sentido –entonces me apuntó a mí y me empujó hacía la parte trasera del furgón- ábrelo ¡ya!
Jamás le pones cara al sufrimiento ajeno. Sabía perfectamente lo que llevábamos en los furgones y la carga que preparaban en los campamentos. Eran los prioritarios, ya sabéis a lo que me refiero; grupos sanguíneos compatibles, órganos sanos… Cuando abrí la puerta ninguna de las 23 personas que iban montadas se inmutaron hasta que algunos de los libertadores les ayudaron a bajar. Supongo que oirían lo que estaba pasando pero no sabrían cual era su lugar en todo eso, seguramente hacía tiempo que no lo sabrían. Uno de los pasajeros, un chico joven, y uno de los armados parecieron reconocerse. Lo comprendí todo.
-¡Fran! –el hombre, envuelto en lágrimas, se dirigió con el arma en preparada hacia mi compañero y disparó.
Eso fue todo, se fueron.
-¿Por qué le liberaron a usted?
-No lo sé, simplemente huyeron en todas direcciones, salvo una.
-¿No vio a nadie más?
-Permanecí allí, inmóvil. Hasta que llegaron ustedes y me trajeron aquí. Ya no les soy de más utilidad, pueden acabar lo que otros empezaron.
-Lo cierto es que su testimonio deja mucho que desear. Pero para nuestra sorpresa aún hay gente que requiere de su presencia, bueno, “gente” no es el término más apropiado pero usted ya me entiende supongo.
-¿Pero qué hago con todas esas personas, miles, a las que he condenado?
-Tendrá que vivir con ello.
Es curioso, pero fueron exactamente las mismas palabras que leí en los ojos del civil que me liberó. Anduve desolado, triste, abandonado; aunque la palabra que andaba buscando más bien era: solo.

1 comentarios:
Guau, veo que estás practicando con ganas la literatura fantástica. Muy buen relato, seguiré leyéndote ahora que tengo algo más de tiempo.
Un abrazo ;)
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