El día que me enteré de mi muerte estaba tumbado en el sofá viendo la televisión. Y lo cierto es que ese día no tuvo nada de especial ¿sabéis? Bueno, salvo la gran noticia. Es lo último que esperas ver en las noticias, que has muerto. Ni me inmuté. Era de esperar que tarde o temprano tendría mi titular pero obviamente alguien la había cagado con la burocracia y el paso dos se convirtió en el uno. O algo así, ya me entendéis. Agarré poco más que mi chaqueta marrón y me largué. No creo que nadie me viera, por aquel entonces la gente que no estaba siendo “clasificada” se pasaba el día pegada al televisor y la radio o cualquier cosa que les mantuviera informados. Muy mal. Lo único que de verdad sería una noticia es que todo va estupendamente, eso sí valdría la pena. No había nadie en la calle y por el estado en que se encontraba todo parece que no era el primer día tranquilo. Cualquiera que viera este panorama se daría cuenta de que obviamente los basureros son más necesarios que la policía. Todo el mundo se había tomado esto como el apocalipsis y actuaban como histéricos. Los políticos y el ejército llamaron a lo que estaba pasando “éxodo multicultural” o algo así. Puede que ese nombre tampoco se ajustara demasiado a la realidad, más bien parecía una idiotez religiosa, pero “apocalipsis” tampoco era la mejor alternativa. De todas formas la vida seguía, solo que diferente.
Por suerte a mi coche aun le quedaba suficiente gasolina. Suponiendo que la carretera también esté igual de tranquila podré llegar en poco tiempo. Lo esperado hubiera sido encontrarme un grandísimo caos por toda la ciudad; comercios saqueados, todo tipo de vehículos agolpados en las salidas o destrozados por todas partes, quizás algún cadáver… Pero lo cierto es que esto se asemejaba más a una ciudad fantasma. El paisaje no era como en esas pelis de zombis sino más bien el del típico pueblo de western en el que todo el mundo se esconde atemorizado en su casa ante la llegada de los forajidos. Ahora que lo pienso la metáfora no podía ser más acertada. En apenas veinte minutos ya había salido de la ciudad. Anochecía, pero no tardaría demasiado en llegar. Aparecieron unas luces detrás de mí. Estaban algo lejos pero sabía que me estaban siguiendo.
Fue hace unos seis meses cuando todo esto empezó. Lo sé tan bien porque yo fui el primero que los vi. Era la típica cabaña a las afueras, me hice con ella hace unos 8 años cuando me indemnizaron al ganar aquel juicio. Me acusaron del asesinato de un concejal y un oficial de policía que se encontraban almorzando en un restaurante. Aparecí en todas las cadenas de televisión, periódicos… era toda una celebridad. Pero al final unos amigos respaldaron mi coartada y los supuestos testigos se negaron a hablar. No solo fui declarado inocente sino que conseguí unos cuantos miles como indemnización por parte de la prensa para que no les demandara. Desde entonces solía pasar más tiempo en esa cabaña alejado del bullicio de la ciudad. Pero parece que la fama me perseguía. Estaba a punto de irme a dormir cuando una luz muy intensa entró por la ventana seguida de un leve rugido. Salí inmediatamente pero solo encontré la oscuridad apenas profanada por las estrellas y la luna. Todo estaba en silencio. En el ejército creo que lo llamaban “pelotón de reconocimiento”. Cuando parecía que solo podría acostarme y especular al día siguiente sobre aquello de repente vi que una luz se aproximaba y se volvía a escuchar aquel ruido. “Volar a estas horas no es muy buena idea” pensé. Pero cuando más cerca estaba mis dudas sobre si aquello era una simple avioneta aumentaban. La luz me cegaba, aquello parecía haberse quedado inmóvil. No se parecía a ningún avión que yo hubiera visto antes. Entonces la luz se apagó, yo estaba cegado pero oí como el ruido aumentaba por unos segundos para hacerse cada vez más lejano. No tenía explicación para lo que acababa de pasar. En el suelo había tres marcas circulares no demasiado grandes con forma de cráter que me cubrían hasta la cintura aproximadamente.
Apenas unas horas después, casi amaneciendo, apareció un gran número de vehículos por tierra y aire rodeando el lugar. Había un par de camiones, una furgoneta con una gran parabólica o algo así encima, un helicóptero y algunos furgones militares. Por supuesto la prensa no tardó en darse cuenta de tal despliegue y también se dejaron ver por allí. Se me acercaron varios hombres que me agarraron para montarme en uno de los camiones a toda prisa. Sin embargo no pudieron evitar que fuera visto por los reporteros y las especulaciones en torno a lo que estaba pasando en aquel lugar y mi relación con los hechos no tardaron en llegar. Estuve tres meses encerrado en una especie de centro de reclusión del ejército. Había mucha vigilancia. No nos tenían encerrados en celdas ni nada de eso pero tampoco se nos permitía ningún contacto con el exterior. Aquello parecía más bien un manicomio convertido en laboratorio. Empezaron a llamarnos “vigías”, supongo que habría más como yo en otros países. Éramos los primeros que los habíamos visto con nuestros propios ojos. Por supuesto había sido por puro azar pero aun así nos habíamos convertido en un riesgo nada productivo. A mí no tuvieron más remedio que soltarme durante una temporada al menos. Por mi pasado, mi documentada desaparición causó demasiadas sospechas. Obviamente siempre estuve vigilado pero eso no me impidió meterme algún que otro lio. No tardé en contar a la prensa no solo lo acontecido aquella noche sino los meses siguientes. Todos los interrogatorios, análisis y lo poco que supe acerca de los otros recluidos y el motivo por el que estaban allí. Supuse que estaba cavando mi propia tumba pero quizás el mismo motivo por el que me soltaron me salvaría.
Hace unas semanas que todo se calmó, al menos para mí. Mi historia dejó de tener interés y el foco de atención pasó a otros asuntos. Supongo que ayudé a engordar la lista de teorías sobre conspiraciones de los gobiernos del mundo. En cualquier caso no tenía mucho más que hacer o decir. Ahora sí que me había convertido en una carga innecesaria. Lo comprendí todo demasiado tarde. Yo no era más que un instrumento de distracción cualquiera. Ellos lo sabían todo desde hace tiempo y me hicieron creer que estaban tan perplejos como yo cuando todo empezó. Eso fue lo que dije siempre, pero era mentira. Ganaron esa confianza gracias a mí.
Las luces que me seguían cada vez más cerca y se me acababa la gasolina. Estaba a punto de llegar. Todo encajaba, supe más que la mayoría y aun así la cagué. Aparqué el coche junto a la casa. Ya no había luces del espacio, ni flashes de cámaras; solo la oscuridad y el silencio. La ciudad y su luz quedaron atrás. Se acercaban andando esta vez. No pude verles bien pero sabía quiénes eran. Uno se acercó lo suficiente para apuntarme con su arma.
-¿Es este el lugar adecuado?
-Puede que ninguno lo sea.
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